Y así la leyenda siguió su camino: algunos buscaron la película en mercados y cajas olvidadas; otros contaron la historia como si fuera un sueño. Pero quienes, como Mateo, la vieron en luna llena supieron que en ciertas proyecciones no solo se mira: se aprende a elegir entre guardar y soltar, entre hechizo y humanidad.
En un pueblo entre arrozales y montañas envueltas en niebla, se contaba que, cada luna llena, la vieja ermita junto al río susurraba historias. Mateo, joven inquieto y amante del cine, encontró una noche en un mercadillo una caja de cartón con un viejo póster: “El hechicero y la serpiente blanca — Audio Latino”. No entendía por qué aquel poster, ajado y polvoriento, le llamaba tanto la atención; quizás porque las letras parecían moverse como si una brisa recordara versos olvidados. Y así la leyenda siguió su camino: algunos
Al amanecer, Mateo guardó el rollo en la misma caja y colocó el póster en la pared, donde las letras parecían menos movidas y más firmes. El pueblo nunca supo del milagro; a la gente le pareció que simplemente había disfrutado de una vieja película en buen estado. Pero Mateo, cada vez que pasaba junto a la ermita y la bruma del río, sentía una calma nueva: había conocido una verdad que no se escribe en guiones ni se descarga en puertos digitales. La había escuchado en la noche, en un idioma hecho de memoria y canto, con el corazón abierto. Mateo, joven inquieto y amante del cine, encontró
Fin.
Llevó el póster a su casa y, al acercarlo a la lámpara, percibió un olor a nitrato de película y a laca que le hizo recordar tardes en el cine de su abuelo. Metido entre las láminas, halló un bolsillo con un diminuto rollo de celuloide y una nota en tinta desvaída: “Para quien vea la película en luna llena: escucha con el corazón, no con los ojos.” Mateo sonrió y, sin pensarlo más, decidió proyectarla esa misma noche. El pueblo nunca supo del milagro; a la
Cuando la película llegó a su clímax, la figura del hechicero alzó las manos y, en la proyección, una ráfaga de luz blanca pareció saltar de la pantalla hacia el patio. Mateo parpadeó y, por un instante, vio a la mujer-serpiente de pie junto al borde de la proyección: no era realidad, ni tampoco pura ficción; algo intermedio que existía entre un recuerdo y una promesa. Ella miró a Mateo y, con voz que sonaba a río, dijo: “Has traído la noche correcta. ¿Qué buscas: la verdad o el olvido?”